Seguro que te ha pasado
Buscas un diseño único, algo que te represente de verdad.
Puede ser para tu empresa, tu marca, para la decoración de tu casa, o simplemente para expresar una idea en tu estado de WhatsApp.
Pruebas, copias, pides opiniones...
Pero estás en 2025, así que vas a lo seguro y tiras de la IA.
Y con los resultados que te da... de repente te das cuenta que todo lo que la IA te sugiere se ve… cutre.
Funcional quizás. Correcto tal vez . Pero vacío. Sin estilo.
Es ahí cuando entiendes algo fundamental:
la inteligencia artificial, en su búsqueda implacable de la perfección estadística, jamás tendrá “buen gusto”.
Y esa, precisamente, es la mejor noticia que hemos recibido en mucho tiempo.
Seamos sinceros. Una IA no “crea” en el sentido humano de la palabra.
No se emociona con una combinación de colores, no siente un escalofrío con una melodía, no entiende la nostalgia que evoca una vieja fotografía.
Una IA procesa, analiza y replica patrones. Es una bestia de datos.
Su criterio es estadístico:
Si millones de imágenes de atardeceres tienen tonos naranjas y morados y la mayoría de los humanos lo consideran ”bonitos”…
…la IA concluirá que esos son los colores del “éxito” para un atardecer.
Sus propuestas de diseño son, en el mejor de los casos, Canva con esteroides.
A veces, y con el prompt correcto, la propuesta de la máquina puede incluso, funcionar adecuadamente.
Pero siempre, SIEMPRE, carecerá de alma.
De esa chispa de genialidad imperfecta que define a la creación humana.
Porque la máquina juega, pero no sueña.
Mira, la disyuntiva Humano - Robot no es nueva.
En el 97, por ejemplo, Deep Blue derrotó a Garri Kaspárov, el mejor jugador de ajedrez del mundo.
Fue un shock cultural.
Los titulares gritaban el fin de la supremacía humana. Pero nadie se detuvo a pensar en lo obvio:
Deep Blue podía jugar ajedrez magistralmente, calcular millones de movimientos por segundo…
…pero jamás pudo imaginar el universo en 64 casillas de belleza y drama.
La máquina ejecuta. El humano imagina.
Porque la IA puede explicarte la teoría de la relatividad con una claridad pasmosa, pero no pudo soñarla.
Para eso hizo falta un joven y rebelde empleado de una oficina de patentes, un ser muy, MUY HUMANO, que a sus 26 años se atrevió a imaginar qué pasaría si cabalgaba sobre un rayo de luz.
La IA puede iterar; pero el genio, el genio debe estar inspirado.
El coro de los asustados
Pero dejemos de lado lo que la IA puede o no puede hacer…
Y centrémonos en lo que puedo o no puede provocar.
Hablemos del pánico real: el fin del trabajo humano.
Chen Deli de DeepSeek, por ejemplo, advierte que la IA podría desplazar la mayoría de los empleos en 20 años.
¿Advierte? ¿Podría...? ! Vaya visionario mediocre!
Eso lo digo yo:
¡Claro que se van a destruir empleos!
Se van a acabar las tareas repetitivas, monótonas y predecibles.
Y se crearán otros que hoy ni siquiera imaginamos.
Los alarmistas gritan “Peligro!!! destrucción de empleos“
Pero callan u omiten otra verdad:
Cada revolución tecnológica ha creado más trabajo del que eliminó.
Solo que un tipo de trabajo diferente, más complejo y cada vez más humano.
El tractor no acabó con la agricultura.
Las centralitas automáticas no acabaron con la telefonía
El correo electrónico no acabó con la correspondencia.
Cada uno eliminó trabajos específicos, sí.
Pero liberó manos y mentes para inventar industrias enteras que antes no existían.
Los peones del campo no desaparecieron; se convirtieron en mecánicos, transportistas, técnicos.
Las operadoras telefónicas no fueron condenadas al hambre; muchas pasaron a roles administrativos o de atención al cliente.
E incluso ahora, con la interrupción de la IA algunos, auguran semanas laborales de 3,5 días.
Sí. ¡trabajar sólo tres días y medio será más que suficiente!.
Tendremos más tiempo para crear; para estar con la familia.... o para rascarse las bolas, llorar y pedir un subsidio.
La IA es el siguiente paso en NUESTRA evolución.
Automatizará lo aburrido para que nosotros podamos dedicarnos a lo sublime.
Los que lloran como corderitos, en el fondo, temen que la IA demuestre que su trabajo era, en esencia, repetitivo.
Que no tenían nada verdaderamente original que ofrecer.
El Espejo Negro
Entonces, ¿por qué tanto miedo?
Porque la IA funciona como un espejo negro.
No refleja lo que somos, sino lo que no somos.
Y eso aterroriza.
Nos obliga a preguntarnos: si una máquina puede hacer mi trabajo, ¿qué me hace especial?
La respuesta, incómoda y liberadora a la vez, es que lo especial nunca estuvo en la tarea repetitiva.
Estuvo siempre en otra parte.
La clave está en el contraste: El verdadero valor de la IA
Y aquí llegamos al corazón del asunto.
El verdadero valor de la IA no está en lo que hace, sino en lo que nos revela sobre nosotros mismos.
Su existencia es un ejercicio de contraste a escala global.
Piénsalo en tu propia vida:
Cuando estás con una gripe del demonio, tirado en la cama sin poder moverte.
¿Cómo imaginas esa simple salida a correr por la mañana?
¡Como la apoteosis de la vida misma!
- Es la enfermedad la que da un valor incalculable a la salud.
- Es la carencia la que nos hace apreciar la tenencia.
- Es la monotonía la que convierte un acto espontáneo en una aventura.
Ese es el gran regalo de la IA.
En su cuadratura, en sus ceros y unos, en su predictibilidad absoluta…
DA VALOR A TODO LO HUMANO.
- Su lógica implacable resalta nuestra maravillosa capacidad para el error creativo.
- Su eficiencia nos recuerda la belleza de la imaginación desbordada.
- Su obediencia ciega celebra nuestra necesidad de rebeldía.
- Su vacío existencial da un valor infinito a nuestra fe (en lo que sea), a nuestra risa espontánea y, sobre todo, AL AMOR Y A LA PASIÓN.
El amor en tiempos de algoritmos
Y no, no hablo solo del amor romántico de película.
Ni de la pasión desmesurada por tu equipo de fútbol...
Hablo de esa fuerza expansiva y caótica que nos define:
El amor por tus abuelos, por tu hijo, por ese perro que te espera moviendo la cola como si no te hubiera visto en años.
Por esa canción que te produce cosquillas en medio del pecho y te obliga a subir el volumen.
O esa pintura en un museo que te detiene en seco y te hace volver a creer en la belleza.
El amor por esa novela que relees cada ciertos años y siempre te cuenta algo nuevo, convirtiéndose en un universo infinito en tus manos.
Nada de eso puede ser replicado, porque nace de la experiencia, del dolor, de la alegría y de la memoria.
Las manos de nuestros abuelos
Observo mis manos Mientras escribo en el teclado.
Son diferentes a las manos de mi padre, gran orfebre y artista.
Las suyas muestran las marcas de décadas trabajando el metal y la piedra.
Y aún más diferentes, eran las manos que recuerdo de mi abuelo materno:
enormes y agrietadas, símbolo de una vida dura en el campo.
Porque la tecnología, en su marcha imparable, ha ido limpiando nuestras manos, quitando los callos, las cicatrices y las marcas del trabajo físico.
Pero que nadie se engañe.
Aunque nuestra piel sea más suave, por debajo corre la SANGRE HUMANA de mil generaciones.
Y a veces, sólo a veces, alguna de estas manos se cierra en un puño de furia y rabia contenida...
…para abrirse luego en el arrebato de locura y la pasión desbordada de LA CREACIÓN.
Símbolo patente e inequívoco de lo propiamente humano.
Así que sí, la IA es nuestro espejo negro.
No nos muestra lo que somos, sino el contorno exacto de lo que nunca podrá ser.
Y en ese contorno negativo, en ese vacío de silicio y algoritmos, brillamos con una intensidad que habíamos olvidado.
Así que adelante, que la IA se lleve las tareas repetitivas.
Que optimice, que calcule, que prediga.
Mientras lo hace, nosotros seguiremos aquí, creando cosas que no tienen sentido en ninguna hoja de cálculo.
Cosas que duelen. Cosas que salvan. Cosas que permanecen.
Cosas que la IA del futuro podrá replicar, pero que jamás fue capaz de imaginar.