La cuestión es esta: “El enemigo no es la pobreza, es la ilusión de progreso que te roba la rabia para cambiar tu vida.”
El nuevo uniforme del esclavo moderno: una mochila de Amazon y otra del Basic Fit
Cada vez que veo esa mochila gris y naranja, sé lo que estoy mirando:
Un símbolo.
El símbolo perfecto de la pobreza aceptable, la pobreza “aspiracional”, la pobreza que no protesta porque cree que no lo es.
La ves en el metro. En la oficina. En el supermercado. Siempre igual.
La llevan quienes pagan 39,90 por un gimnasio que vende su plan “amigo” como si fuese generosidad… cuando en realidad es ingeniería social barata:
Dos pobres que se sienten ricos pagando precio de pobre.
Lo sé. Yo estuve ahí.
Lo que te venden no es deporte.
Es la ilusión de pertenecer.
Tú también vas al gym, como los ricos.
Solo que vas a las siete de la tarde, a hacer cola para una máquina, respirando el vapor corporal de 200 desconocidos.
Pero tú vas, y eso te alcanza para sentirte “en el camino”.
Te dieron acceso, pero te quitaron dignidad
Bienvenido al siglo XXI.
Ya no te prohíben nada.
Te lo conceden todo… en la peor versión posible.
Comes fuera como los ricos.
Pero comes basura industrializada con fotos bonitas en el menú.
Viajas como los que no miran el precio.
Pero viajas en Ryanair, implorando que la mochila (comprada en Amazon a tal efecto) entre en esa cajita humillante o pagarás medio sueldo.
Ves series como los que tienen pasta.
Pero pagas por ver anuncios.
Tienes móvil último modelo (el mismo que pasean los actores por Hollywood Hills).
Pero tú lo pagarás en 12 o 24 cuotas, probablemente cuando ya esté roto.
Ese es el engaño.
No te quitan el acceso: te quitan la experiencia real.
Te dan las sobras con brillo.
Cuando la pobreza dejó de doler… nos dormimos
Mira, no es culpa tuya.
Es diseño.
Antes, el pobre sabía que era pobre.
Le dolía cada día.
Ese dolor generaba rabia.
Y la rabia genera cambios.
Hoy la pobreza viene anestesiada.
Gym low-cost.
Vuelos low-cost.
Comida low-cost.
Entretenimiento low-cost.
Auto financiado en 48 cuotas.
Plancha financiada en 12.
Tele financiada en 24.
Estás lleno de cosas.
Vacío de poder.
El sistema es inteligente:
si pareces rico, no protestas.
Si no protestas, no cambias.
Si no cambias, eres controlable.
La economía del “al menos”
—“Al menos puedo viajar.”
—“Al menos tengo gimnasio.”
—“Al menos tengo Netflix.”
—“Al menos tengo móvil nuevo.”
El “al menos” es la cadena invisible del siglo XXI.
Agradeces las migajas y callas la boca.
Mientras tanto, los alquileres suben, los salarios no, la deuda te ahoga y tu vida depende de que el coche no se rompa.
No estás progresando.
Estás sobreviviendo.
Y encima, con sonrisa.
El día que dejé de creer en el cuento
Yo fui pobre.
No pobre de metáfora.
Pobre de literalidad:
- Chapa por techo.
- Ratas.
- Conventillo.
- Nada.
También fui rico:
- Propiedades.
- Chalet de lujo en la playa.
- Empresa de 50 empleados.
- Restaurantes.
- Cintura llena.
También lo perdí todo:
- Corralito argentino.
- Salir corriendo en bolas a otro país.
- Empezar de cero.
Y te digo algo:
Fui feliz en todos esos estados.
Porque la felicidad no depende del dinero.
Pero la libertad sí.
Y esa es la parte que no te cuentan.
No está mal ser pobre.
Está mal no saberlo.
Está mal normalizarlo.
Si vas a Basic Fit, perfecto.
Si viajas low-cost, perfecto.
Si comes en McDonald’s, perfecto.
No hay vergüenza en eso.
La vergüenza es otra:
Vivir dormido.
Vivir creyendo que eso es progreso.
Vivir pensando que “tener acceso” es lo mismo que tener poder.
Porque mientras tú te distraes calculando si la mochila cabe o no, el sistema avanza un metro más sobre tu espalda.
El verdadero enemigo: el entretenimiento que te roba la rabia
Hoy no hay revoluciones porque hoy la gente no está indignada.
Está entretenida.
Netflix.
Gym.
Low-cost.
Menús combinados.
Móviles financiados.
Te sedaron.
Y ni te enteraste.
La rabia que antes movía montañas hoy se diluye entre anuncios de Spotify.
No hay salvador arriba.
Solo en el espejo.
Políticos de colores diferentes.
El mismo sistema detrás.
Ninguno va a salvarte.
Ninguno quiere salvarte.
El sistema te necesita exactamente así:
ocupado, distraído, y agradecido por migajas.
Tu único salvador está en el espejo.
El que se cepilla los dientes cada mañana.
El que decide si va a seguir fingiendo o va a despertar.
Despierta. Ahora.
No mañana.
No cuando hayas ahorrado.
No cuando venga el político adecuado.
No cuando cambie la economía.
Ahora.
Porque la pobreza no es el problema.
El problema es estar dormido.
El problema es no ver la trampa.
El problema es que tu vida dependa de una mochila entrando en una cajita de Ryanair.
Y tú vales más que eso.
Y si hoy no lo ves, mañana será tarde.
Porque tu hijo ya está en Amazon.
Y está mirando mochilas de 40x20x25.