Sí. Compré y leí los dos libros de Stamateas. Los dos enteros.

Y lo aclaro porque Gente Tóxica es el típico libro que no compraría jamás.

No se llama "Descubrí al tóxico que hay en ti." No se llama "¿Y si el problema eres tú?"

Se llama Gente Tóxica. El título ya te dice de qué va: el tóxico es otro.

Un título medio robado, por cierto — pero a eso llegamos después.

Así que ya me imaginaba de qué iba el tema. Pero quería confirmarlo. Con el libro abierto, no con la reseña de Goodreads.

Y lo que encontré confirma exactamente lo que sospechaba:

Esto no es "autoayuda". Es un espejo trucado que solo refleja al de enfrente.

El fenómeno en números

200.000 ejemplares vendidos solo del primero, en Argentina.

Más de 500.000 entre los dos tomos a nivel mundial.

Traducido a decenas de idiomas.

Un pastor evangélico convertido en fenómeno editorial.

Sí, pastor. Bernardo Stamateas es pastor de la Iglesia Bautista Ministerio Presencia de Dios, en Caballito, Buenos Aires.

Dato que raramente aparece en la solapa del libro, donde preferís leer "licenciado en Psicología y sexólogo clínico."

No digo que un pastor no pueda escribir sobre relaciones humanas.

El problema no es la fe. El problema es usar una estructura pastoral — pecado ajeno, absolución implícita — dentro de un producto que se vende como psicología.

Y cuando además ocultás esa identidad central para vender más, ya me estás mostrando algo.

La estructura: 30 tipos tóxicos y ni una sola pregunta incómoda

Gente Tóxica tiene 13 capítulos, cada uno dedicado a un "tipo tóxico":

  • el meteculpas,
  • el envidioso,
  • el descalificador,
  • el agresivo verbal,
  • el falso,
  • el psicópata,
  • el mediocre,
  • el chismoso,
  • el jefe autoritario,
  • el neurótico,
  • el manipulador,
  • el orgulloso,
  • el quejoso.

Más Gente Tóxica agrega 17 más:

  • el triangulador,
  • el frustrador,
  • el narcisista,
  • el prepotente,
  • el miedoso,
  • el negativo,
  • el ansioso,
  • el sádico,
  • el omnipotente,
  • el obsesivo,
  • el peleón,
  • el masoquista,
  • el evitador,
  • el paranoico,
  • el que asfixia,
  • el histriónico,
  • el felpudo. (WTF!)

Son 30 perfiles tóxicos.

Y ninguno capítulo se titula "¿Y si el tóxico eres tú?".

Ninguno.

En 106.000 palabras, 30 capítulos, dos libros y seis años de diferencia entre uno y otro, Stamateas no dedicó ni una sola sección a la posibilidad de que el lector sea parte del problema.

No hay un test de autodiagnóstico. No hay un ejercicio de espejo.

No hay una pregunta tipo "¿En cuál de estos perfiles te reconocés?"

No hay una guía para pedir perdón si sos tóxico para alguien.

Nada.

Las tres frases coartada

Cuando rastreé el primer libro buscando cualquier mención a la autocrítica del lector, encontré exactamente tres frases en 300 páginas:

En el capítulo de la envidia, una línea suelta: "Si el que tiene envidia eres tú, si criticas, cuentas chismes…" — y sigue de largo sin profundizar.

En el capítulo del descalificador: "Todos tenemos la oportunidad de cambiar, de pedir disculpas si hemos descalificado." — una frase genérica enterrada entre párrafos sobre cómo protegerte del otro.

En el capítulo del orgulloso: menciona "reconocer los errores" como concepto abstracto.

Tres frases decorativas. Puestas ahí como quien pone un extintor en la pared para cumplir con la normativa. Están, pero nadie las va a usar.

La secuela: la coartada se sofistica

Acá es donde la cosa se pone más oscura.

Cuando abrí Más Gente Tóxica, la introducción arranca con cara de arrepentimiento:

"Todos los seres humanos tenemos rasgos tóxicos, áreas inmaduras. Todos venimos con defectos de fábrica."

Leí eso y pensé: "Bien, el tipo corrigió. Va a incluir el capítulo que faltaba."

Pero seguí leyendo la misma frase:

"Mientras todos tratamos de eliminar los rasgos tóxicos que percibimos en nosotros mismos, el tóxico no los reconoce y vive culpando a los demás."

¿Ves la trampa?

En un solo párrafo te dice: vos que compraste el libro, vos que estás leyendo esto, tranquilo — vos reconocés tus defectos. El tóxico es el otro, el que no los reconoce.

Es una absolución disfrazada de autocrítica.

El lector cierra la intro pensando "yo me estoy analizando, yo me compré el libro, ergo yo no soy tóxico" y pasa tranquilo a los siguientes 17 capítulos señalando al de enfrente.

Y la palabra "autocrítica" en la secuela aparece siete veces. Siempre para describir lo que le FALTA al tóxico.

"El narcisista no tiene autocrítica." "No posee autocrítica." "Carecen de capacidad de aprendizaje."

Nunca como ejercicio para el que lee.

Es más perverso que el silencio del primer libro. En el primero no mencionaba la autocrítica. En el segundo la nombra para crear la ilusión de que ya la abordó.

Cómo cierra cada libro (y qué te dice eso)

El último capítulo de Gente Tóxica se llama "Libres de la gente."

No "Libres de tu propia mierda."

No "Reconocete."

"Libres de la gente." La gente como problema externo. Algo de lo que liberarte.

Y el cierre literal: "Vida, no te debo nada, no me debes nada, las cuentas están saldadas." Seguido de una cita bíblica. El pastor cerrando con las Escrituras. Obvio.

Más Gente Tóxica cierra igual: "Es hora de decirle adiós a la toxicidad. Es hora de quitar el polvo de nuestros zapatos y seguir hacia delante."

Claaaro... La toxicidad como polvo que te tiraron otros. Te lo sacudís y listo. Citando a John Maxwell — otro pastor evangélico, detalle no menor.

En ninguno de los dos finales hay una frase que diga: "Sentate. Pensá en las últimas tres personas que se alejaron de vos. Preguntate por qué."

El dato que nadie te cuenta: Lillian Glass

En 1995, trece años antes de que Stamateas publicara Gente Tóxica, una doctora en comunicación llamada Lillian Glass publicó Toxic People en Estados Unidos. Ella acuñó el término. Ella creó la taxonomía original.

Stamateas nunca la cita.

No aparece en la bibliografía. No aparece en los agradecimientos. No aparece en ninguna parte.

Publicás un libro que se llama exactamente igual, sobre exactamente lo mismo, con exactamente la misma estructura taxonómica, y no mencionás a la persona que inventó el concepto 13 años antes.

Sacá tus propias conclusiones.

¿Para qué sirve entonces este libro?

No para lo que dice la contraportada.

Sirve para validarte. Te da permiso académico para hacer algo que ya hacías: culpar al otro.

Antes decías "mi jefe es un hijo de puta" en el bar. Ahora decís "mi jefe es un psicópata según el capítulo 6 de Stamateas."

Mismo diagnóstico, con barniz de autoridad. Transformás resentimiento en algo que parece conocimiento. Y eso es adictivo.

Sirve para clasificar sin esfuerzo. El libro creó una taxonomía popular — "es un meteculpas", "es un triangulador" — que funciona como los horóscopos: no te dice nada útil, pero te da vocabulario para etiquetar al mundo sin pensar.

El que clasifica no necesita entender, negociar ni mirarse.

Sirve para vender. Un libro que te dice "el problema eres tú" no vende 500.000 copias. Un libro que te dice "el problema es el otro" se regala en Navidad.

Stamateas encontró el producto perfecto: un espejo que solo refleja al de enfrente.

Lo que un libro de verdad útil incluiría

Si Gente Tóxica fuera honesto, tendría un capítulo 14 (o un capítulo 18 en la secuela) que dijera:

"Ahora sentate. Releé los 13 perfiles anteriores. ¿En cuántos te reconociste, aunque sea un poco?

¿Alguna vez fuiste el envidioso? ¿El chismoso? ¿El que descalifica?

¿Cuántas personas se alejaron de vos en los últimos cinco años? ¿Les preguntaste por qué?"

Eso sería psicología. Eso sería "autoayuda" real.

Pero eso no vende medio millón de copias.

Un matiz necesario

No dudo de que muchas personas hayan encontrado alivio leyendo estos libros. El alivio no es el problema. El problema es confundir alivio con transformación.

Sentirte comprendido después de leer un capítulo sobre el jefe autoritario puede ser terapéutico.

Pero si cerrás el libro sin preguntarte en qué capítulo encajás vos, lo único que hiciste fue consumir confort disfrazado de crecimiento.

Mi veredicto

Ya somos mayores. No necesitamos un librito para saber quién nos hace bien y quién nos hace mal. Eso es instintivo. Lo sabés a los 15 años de vida social.

Gente Tóxica no es un libro de psicología. Es un panfleto expiatorio.

Una herramienta para regodearse en la miseria ajena con coartada intelectual.

La biblia del cordero que quiere sentirse lobo por un rato, señalando a los otros corderos.

Y lo peor no es el libro.

Lo peor es la secuela.

Porque en la secuela, Stamateas ya sabía lo que estaba haciendo.

Tuvo seis años para agregar el capítulo que faltaba. En lugar de eso, construyó una coartada más sofisticada: una intro que parece autocrítica pero que te absuelve en el segundo párrafo.

500.000 personas compraron la absolución de sus propios defectos disfrazada de manual de supervivencia.

Si tenés este libro en tu estante, no te pido que lo tires.

Te pido que lo releas.

Pero esta vez, cada vez que leas "el tóxico", cambiá mentalmente esa palabra por tu nombre.

Ahí empieza el verdadero trabajo.

Yo lo hice y me reconocí en tres capítulos.


Esto es un Manual de Guerra. Disecciones brutales de los libros que realmente importan (o los que no valen ni el papel impreso). Sin spoilers. Sin relleno académico. Solo las ideas que podés usar mañana mismo — o las mentiras que necesitás dejar de creer hoy.